2º premio: «Un repartidor de flores y poemas»

por José Parada (Venezuela)

Llegaron los días en que el hombre decidió de una vez por todas vivir en paz consigo mismo, en armonía con sus congéneres y en equilibrio con la naturaleza. La otrora utópica sociedad justa y digna para los seres humanos al fin veía la luz.

Todo había comenzado mucho tiempo atrás cuando el hombre hacía la guerra y encontraba placer en la maldad.

Regresemos en el tiempo y vayamos a los primeros años del siglo XXI. No se sorprendan: El hombre de entonces hacía lo imposible por alcanzar su bienestar personal; cuando cubría sus necesidades elementales una suerte de gusanillo de la avaricia lo carcomía hasta llevarlo a límites insospechados y a valerse de cualquier subterfugio para poseerlo todo, inclusive aquello que no necesitaba. Poseía una sed irremediable, desmesurada, titánica, más bien extraña y enfermiza: cuanto más tenía más anhelaba. Una pesada individualidad lo hacía presa fácil del egoísmo que lo obligaba a convertirse en su propio esclavo. Distinguíanse dos tipos muy particulares de hombres, antagónicos y complementarios a la vez: los que producían sin cesar robando incluso el descanso de sus cuerpos en un raro afán por acumular riquezas y, los otros, los que consumían casi todo cuanto producían los primeros con un apetito desmedido, de esos que da miedo. Entre unos y otros estaban los olvidados, los que no producían por no tener una herramienta de trabajo, por no poseer un trozo de tierra, porque no tuvieron acceso a una educación y vida dignas de todo ser humano, o bien porque su única inversión era el esfuerzo por mantenerse con vida para luchar por ellos mismos y por los suyos, aplastados por poderosos explotadores que hacían más pesadas sus miserias. Cuéntese también entre los olvidados a los que poco o nada consumían, no porque no quisieran, muy probablemente las ganas les sobraban, sino porque no tenían cómo hacerlo y por eso entre sus brazos se apagaban las vidas de sus retoños cuando la desidia de los gobernantes, las decisiones incorrectas de quienes detentaban el poder, las guerras o cualquier otra calamidad ocasionaban hambrunas que arrastraban consigo a millones de almas dibujadas de esqueleto. Era la pobreza para unos –muchos quiero decir- y la opulencia para otros –contados, si acaso el uno por ciento de los pobladores de esta vasta patria llamada Tierra-. Los de abajo sostenían a los de arriba hasta reventarse y morir desangrados. ¡Qué miseria la del hombre de entonces que erigió un monumento a un demonio ya desaparecido al que llamaban dinero y por el que se levantaba nación contra nación, hijos contra padres, unos contra otros! Era tan raro instrumento un disfrazado motor de la bondad y un artífice de la maldad.

Los poderosos controlaban a su antojo las economías mundiales, quitaban y ponían mandatarios, jugaban a la guerra, contaminaban el planeta con sus industrias inescrupulosas y sus comercios de exportación masiva que dejaban grandes rentas en pocas manos, explotaban a los desposeídos, poseían grandes extensiones de tierra ociosa, consumían las calorías que hubieran podido salvar muchas vidas… De sus manos se esfumó la posibilidad de la redención al ignorar el sabio principio del amor por ellos mismos y por los demás.  A la vez, ingentes masas subsistían con lo elemental, tal vez con menos. Alarmantes cifras señalaban que muchos no tenían electricidad, gas para uso doméstico ni mucho menos agua potable. Es fácil imaginar despensas vacías a la espera de días venturosos que para muchos nunca llegaron. Peor suerte sin embargo corrieron los mendigos, los abandonados de calles y puentes, los niños desamparados que se iniciaron en la maldad, muy a pesar suyo, en las frías noches de la soledad, los que perdieron su vida esperando el remedio milagroso que costaba una copa de champaña regada en una mesa, los que dejaron de ser después de un tiro de gracia, los ancianos que mucho hicieron en sus largas vidas y fueron olvidados en su declive, los presidiarios que aguantaron lo indecible de las injusticias de una sociedad llena de vicios, los inocentes que cayeron en las guerras, las minorías despreciadas o arrinconadas hasta la asfixia…

En ese desolador y triste panorama apareció un día un anónimo soñador, un poeta, un repartidor de versos y flores. Cantaba la más esperanzadora de las canciones que jamás se haya oído. Iba de pueblo en pueblo llevando su mensaje, su alegría y su sonrisa. Su dios era la naturaleza; su credo, el amor y la esperanza; su única palabra, la verdad; su norte, la paz del mundo; su regla de vida, no hacer el mal.

De dónde venía eso nadie podría saberlo. Los más atrevidos aseguraban que sólo podía haber salido de entre las gentes más humildes y desposeídas. Sólo los espíritus nobles han conocido el sufrimiento… Los frutos más exquisitos vienen de abajo, de la tierra que pisamos… En efecto, nuestro músico, poeta, juglar, repartidor de versos y flores era una semilla de esperanza que había vivido el atropello de la opulencia, un indiecito que había sido confinado a las agrestes tierras de un rincón del vasto continente americano por ricos explotadores mineros que carcomían las entrañas de la tierra sin escrúpulos ni pesares por la Madre Naturaleza.

No es natural ver perecer lo suyo, sus árboles, sus ríos, su aire, sus hijos y quedarse con los brazos cruzados como si se estuviese muerto en vida, como si fuésemos estatuas confinadas a la contemplación. ¡No! Nuestro repartidor de versos y flores con palabras, pétalos poemas y hechos se convirtió en un despertador de conciencias. Por eso vagó por el mundo con su rosario a cuestas tocando puertas para cumplir su evangelio. Aquí, allá y acullá repartió volantes, dictó charlas y conferencias, creó grupos y fue regando y abonando su buena nueva. Ya no fue uno solo, fueron dos, cinco, cien, mil, un millón… Y los olvidados dejaron el anonimato y se sumaron a la labor. Nacieron cooperativas, grupos, sociedades. Ya no se dijo más “yo”, se habló de un “nosotros” amparado en un justo concepto de la unión. Dominó un profundo sentido de lo colectivo que rebasó las principales fronteras que prevalecían en la época: la raza, la religión, la política, el idioma. Mientras unos se ocupaban de insuflarle amor a la maltratada naturaleza, otros atendían a ancianos y niños abandonados. Cuando unos enseñaban a leer y escribir, otros luchaban por erradicar los malsanos vicios que aniquilaban la salud física y mental de los seres humanos de entonces. Mientras los hombres de ciencia honestos hacían esfuerzos por poner sus conocimientos en función del beneficio del género humano otros luchaban por convencer a los reticentes de que un mundo más humano y fraterno era posible. Era imperante llevar agua potable a todos los rincones del planeta donde las almas sembraban una flor; era capital alimentar cada boca que imploraba alimento y regalaba una sonrisa; era menester poner la ciencia al servicio del hombre para beneficio de todos; era fundamental que el mundo despertara y que enrolara su conciencia en un nuevo orden amparado por el entendimiento y el progreso humano redimensionado en un estadio de equilibrio, de paz interior y de armonía con el universo.

Lamentablemente no todo brilla como nuestro astro rey. La amenaza de los grandes, los poderosos, los perversos consumidores y los productores desmesurados se dejó sentir. La lucha fue desigual, deshonesta si se quiere. El trabajo de hormiga de los alfabetizadores, de los pequeños productores, de las cooperativas, de las asociaciones de vecinos, de los sindicatos, de las microempresas, de los pequeños bancos populares, de los ecologistas y defensores del ambiente, de los pequeños trabajadores, artesanos y obreros fue saboteado sin reservas por los  poderosos y ricos empresarios, por los tentáculos de las trasnacionales y los intereses mezquinos de dirigentes alejados del más hondo sentir de sus pueblos. La justicia, arrastrando vicios de antaño, señaló a inocentes y perjudicó a luchadores sociales abnegados. Hubo detenidos a granel y amenazas de muerte, pero ya nada ni nadie podía detener la gran revolución de la conciencia que había empezado con una flor, un poema y un soñador.

Lo que hoy tenemos es su herencia y la de muchos otros que invirtieron sus luchas por los hijos de sus hijos y por este presente al que ellos llamaron futuro. Miremos a nuestro alrededor y reconozcamos con orgullo que superamos los traumas de la segregación, de las diferencias socioculturales que excluían a unos y opacaban a otros… Aprendimos a respetarnos y valorarnos en nuestras diferencias bajo la óptica de la aceptación. Reconocemos la identidad de los pueblos como una riqueza de incalculable valor. Aprendemos los idiomas del otro para entenderlo mejor. Respetamos su forma de pensar porque él también respeta la nuestra. La ofensa ya no tiene cabida en nuestros corazones y el perdón es siempre nuestro primer impulso si llegásemos a flaquear. Todo esto ha sido nuestro mayor progreso, hemos aligerado el peso de nuestra conciencia. Lo demás se nos ha sido ofrendado por añadidura: más tranquilidad, mejor educación, casas dignas, comida sana, transporte rápido y seguro, un aire más limpio, agua pura y cristalina, bienes y servicios en general de alta calidad… Todo basado en el sano intercambio en el que siempre resultamos ganadores porque los explotadores y la enfermiza sed de poder hace mucho tiempo quedaron enterrados.

¿Que qué pasó con el soñador repartidor de flores y versos? Lo que le ocurre a los buenos y desprendidos espíritus: un buen día desapareció. Tal vez fue silenciado para que cundiera el terror entre sus seguidores. ¡Qué equivocados estaban quienes creían que los poetas muertos no obran milagros! Cuando se es libre de espíritu y de mente el miedo ya no existe. El recuerdo y los anhelos de quienes nos han precedido como ese repartidor de sueños y flores se convierten en nosotros en la avasallante fuerza que busca cambiar este planeta en un jardín de verdaderos seres humanos.

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